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domingo, 1 de enero de 2012

La herencia de la modernidad en los procesos sociales contemporáneos de La Oroya y su repercusión en la vida estudiantil


Geraldo Flores Suárez (discurso dado en representación de la promotoría de la I.E.P. "San Gaspar" de La Oroya y leído en la ceremonia de egreso de la promoción 'Karol Wojtyla'- 2011) 

Quería comenzar esta breve alocución o intervención citando el párrafo con el que Marshall Berman inicia un libro que describe la experiencia de la modernidad a través de la filosofía y la literatura. La cita es la siguiente:

Hay una forma de experiencia vital ―la experiencia del tiempo y del espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y de los peligros de la vida― que comparten hoy los hombres y mujeres de todo el mundo de hoy. Llamaré a ese conjunto de experiencias la «modernidad». Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Las experiencias y los entornos modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y de la nacionalidad, de la religión y de la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, «todo lo sólido se desvanece en el aire». (Berman, 1) [1]

Este fragmento nos muestra la experiencia de la modernidad y del continuo cambio. En esa medida, es una reflexión sobre la constante búsqueda de respuestas de los individuos en una sociedad condicionada por lo inconstante. Encontrar esas respuestas, esos caminos, no era tarea sencilla en el mundo moderno y tampoco lo es en el contemporáneo o posmoderno, como algunos lo llaman. Somos producto de una humanidad que se ha encontrado ante dudas, que ha visto como todo aquello que consideraba estable, “sólido”, ha ido desapareciendo y ha dado paso a nuevas formas de vida, nuevas creencias, nuevas perspectivas. En sus clases sobre filosofía, historia, geopolítica, economía, literatura, etc. deben haber sido testigos del impacto que ocasionaron en el mundo del individuo moderno el predominio de la razón por sobre otras creencias y las consecuencias generadas por el auge de una producción industrial sistematizada y acumulativa. Estas características del mundo occidental de fines del siglo XIX se han mantenido vigentes hasta la actualidad con ciertas reconsideraciones. Son estos mismos rasgos los que están vinculados con la ciudad en la que ustedes y yo hemos vivido, en la que hemos estudiado, trabajado, enseñado, soñado, etc. La Oroya forma parte de ese mundo en constante cambio, en constante movimiento.

Han sido mucho los cambios socioeconómicos que ha atravesado la ciudad de La Oroya, pero tal vez uno de los que mayor impacto ha causado ha sido el proceso de privatización de Centromin Perú. Este proceso implicó una modificación estructural de la ciudad, debido a las cambios administrativos realizados para preparar a la empresa estatal para su venta. De esta manera, fuimos testigos de ceses colectivos o retiros voluntarios de trabajadores que generaron que familias enteras emigren hacia otras ciudades para conseguir otros medios de sustento. Del mismo modo, vimos cómo iban siendo demolidos campamentos que habían sido parte de la historia personal de muchos de los pobladores de la ciudad. Asimismo, nos vimos obligados a atendernos en otros centros de atención de la salud, ya que los de la empresa fueron desactivados o se disminuyó su capacidad de cobertura. A su vez, una parte de los estudiantes escolares pasó a estudiar en espacios educativos bajo administración del Ministerio de Educación luego de varios años de haber formado parte del sistema fiscalizado de Centromin Perú. Esto implicó, además del cambio de administración de estos centros educativos, el cierre de algunos otros. Algunos estudiantes vimos cómo el lugar en el que habíamos adquirido tantos conocimientos, al que habíamos aprendido a querer y al que volvíamos después de cada vacación, de pronto, cerraba sus puertas y se convertía en el ejemplo perfecto de la vorágine de los cambios de la modernidad, en la aplicación concreta de lo sólido desvanecido en aire. En mi experiencia personal, esta transformación del colegio en el que comencé a formarme y que hoy no existe más me significa aún un recuerdo nostálgico de un lugar que hoy solo existe en los recuerdos de la infancia, pero que es, al mismo tiempo, una huella formativa indeleble.

A ustedes, flamantes egresados de secundaria, les ha tocado también vivir tiempos difíciles durante la escolaridad. Han sido testigos, durante casi toda su etapa formativa, de tensiones socioeconómicas que se han presentado en esta ciudad. Han visto renacer el temor por lo que podría pasarle a La Oroya si las plantas metalúrgicas dejaran de funcionar definitivamente. Han vivido las preocupaciones generadas por este temor y han tenido que lidiar con eso desde la perspectiva del que todavía no tiene la edad suficiente para la búsqueda de soluciones por sí mismo. Lidiar con esa preocupación y esa tensión es difícil y, al mismo tiempo, es aleccionador, porque nos enseña a valorar lo poco que puedan obtener los que se encargan de nuestra formación; nos enseña a entender los sacrificios que tienen que afrontar para que, como estudiantes, podamos cumplir con nuestras expectativas.

Ustedes ya están recorriendo un camino que ha supuesto alegrías, esfuerzo, constancia, deseos de aprender, pero también algunas desazones, preocupaciones y estrés. Al igual que la sociedad, ustedes también han atravesado cambios y han vivido situaciones conflictivas. Este recorrido por la vida siempre los va a retar, los va a enfrentar a situaciones de presión. Sin embargo, en ese camino no van a estar solos. Nuestra vida de estudiantes queda marcada por la labor de cada uno de aquellos que intervinieron en la construcción de nuestro saber académico y de nuestra personalidad, Cada problema o inconveniente los hará pensar en soluciones que tienen mucho que ver con las respuestas que en algún momento nos brindaron nuestros profesores. Frente a esa situación conflictiva, validarán esas soluciones, las entenderán y, también, a veces, las cuestionarán. Eso no es negativo, porque su formación no acaba hoy. Su formación como ciudadanos, como personas comprometidas con ideales que pueden transformar las injusticias sociales, va a continuar.

El paso siguiente es la continuación de la formación académica. Estamos acostumbrados a pensar que es la universidad el camino ideal para todos, pero no necesariamente esto es así. El mundo académico no debe hacernos perder de vista que existe un mundo artístico o uno deportivo. Deben darse el trabajo de explorar aquello que les interese y que los comprometa con un esfuerzo constante. No es sencilla la tarea del compromiso, pues, así como deben sentirse en la libertad de optar por un camino que los haga sentir realizados con lo que hacen, también deben asumir los sacrificios que esto va costar. No es constructivo rendirse en los primeros intentos no logrados, tampoco es necesario empecinarse en una opción que parezca inalcanzable. Lo que es necesario es encontrar el camino con cuatro herramientas clave: interés, constancia, sencillez para aceptar los propios límites y esfuerzo.

Marshall Berman, el autor de la cita inicial, usó la frase “todo lo sólido se desvanece en el aire” para titular su libro y explicar así la experiencia de lo inconstante en la modernidad. Contra lo que pudiera pensarse no es una frase trágica; solo nos indica que el cambio está presente en todas nuestras vidas, que atravesamos situaciones que nos cuestionan. Sin embargo, también debemos tomar en cuenta que hay una huella formativa indeleble que heredamos de nuestros padres y de nuestra etapa escolar. Es esa huella la que vivirá en ustedes a partir de ahora, los acompañará a lo largo de su vida. Y si bien lo sólido, lo construido, se puede desvanecer, siempre se puede volver a construir con las herramientas que sus padres y este colegio les han brindado.
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[1]Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Buenos Aires: Siglo XXI, p. 1.

viernes, 24 de julio de 2009

El examen USE - Centromín Perú

Una mañana fría del año 1996, tomé los dos lapiceros, los dos lápices, el borrador y el tajador que tan cuidadosamente había preparado el día anterior. No llevaba cosas (sin mochila para ser más específicos); era un alivio no tener que cargar con la pesada mochila. Ibamos a dar el examen en otro colegio y recuerdo que nos dijeron que teníamos que ir bien uniformados. Era un día especial todos los alumnos de las escuelas y colegios fiscalizados que dependían de la USE Centromín Perú: ibamos a ser evaluados. Eran pruebas medirían lo que habíamos aprendido a nivel de salones. De este modo, se podía hacer un diagnóstico de lo que los profesores estaban enseñando y de las políticas educativas institucionales. No era la primera vez que nos enfrentábamos con este reto; la primera ocasión había sido dos años antes y es ahí donde comienza esta historia.

A finales de 1993, todavía yo estudiaba en el Colegio Fiscalizado 31750 "José Andrés Rázuri". Como ya dije en un post anterior, estaba lejos de imaginar que, en un año, iba a protagonizar uno de los eventos que ejemplifican claramente cómo La Oroya es la cuna de todos aquellos que podemos entender al Modernismo y al Vanguardismo, porque hemos vivido la modernidad en la desestructuración de lo que fue y ya no volverá (el Moses de la Nueva York de inicios de siglo ahora era el Estado peruano, Centromín y lo ha seguido siendo Doe Run). Es decir, 14 meses después clausuraron mi colegio y, con los años, comenzaron a destruir los recuerdos de mi niñez a través de la demolición de su infraestructura. Poco antes de este lamentable hecho, dimos el segundo examen USE que pasábamos en nuestra corta vida escolar. El primero no había sido bueno; los resultados distaron de ser espectaculares. Sin embargo, el segundo se presentaba como un examen prometedor. Por alguna razón, dar esa prueba resultaba todo un reto, pues era la hora de competir con las otras cuatro escuelas de La Oroya; además, nos medíamos con las escuelas de otras ciudades en las que la empresa tenía centros laborales de algún tipo: Andaychagua, Casapalca, Cerro de Pasco, Cobriza, Morococha, San Cristóbal, Yauricocha (todos estos colegios eran para hijos de empleados y obreros de la empresa). Inclusive, en aquel año, Mayupampa, que era para los hijos de trabajadores que habían pasado por una formación universitaria (por lo tanto, donde estudiaban los hijos de los gerentes y jefes de la empresa), también dio la evaluación. Es necesario especificar que era un concurso para los alumnos, mientras que para los adultos no lo era. Es más ni siquiera para mí representó eso hasta que, un día, en el bus que nos llevaba todos los días a la escuela, uno de sexto nos dijo: "¡Ustedes han quedado en el primer de lugar de la evaluación!" Mi respuesta natural fue preguntar qué significaba eso, es decir, a quiénes les habíamos ganado. El chico, con la paciencia que hay que tenerle a un chico menor, me explicó lo mismo que he colocado líneas más arriba. De pronto, la revelación y la magnitud de la victoria me hizo sentir unos de los mayores orgullos que he sentido en mi vida. A nivel de sección (en nuestro colegio, había solo un salón, pero, en otros, se competía inclusive entre salones del mismo colegio), éramos los mejores. Ese día la profesora Chabuca esbozó una sonrisa y nos felicitó por el mejor promedio obtenido en una prueba a nivel de todo el sistema educativo de Centromín; le habíamos ganado inclusive al mismo Mayupampa, colegio del que siempre se esperaban grandes logros y que, en los siguientes años, no participaría por recomendaciones psicológicas (razones que, de niño, siempre me parecieron pretextos para que no les ocurra algo como lo que ocurrió con mi salón).

Años después, a días de terminar la primaria en la Escuela Fiscalizada 31789 "Miguel Grau" (escuela a la que había sido transferido mi salón en su totalidad), estaba sentado en un aula en la que estaba la mitad de mis compañeros, pues, para evitar el plagio, la otra mitad resolvía el examen en otro salón. Eran pruebas tipo admisión, porque los controladores solo recogían las hojas de respuestas (mi experiencia con estas en evaluaciones estandarizadas data de 3ro de primaria). Uno se podía llevar la prueba y podía comparar las respuestas con los demás al final. Hasta donde recuerdo, cuando uno terminaba, podía salir del salón, pero, tal vez, la memoria me falla. Salí confiado; sabía que, en la primera mitad del año, no habíamos rendido tan bien, pero que, a manera de despedida, podíamos repetir el plato de tres años atrás. Todos sabíamos que estábamos bien preparados para intentar tener el mejor promedio a nivel de La Oroya y de todos los campamentos.

Llegó el fin de año y nadie nos dio noticia de nada; no recuerdo mi última clase ni los últimos momentos previos a la fiesta de promoción, pero no hubo mención a la dichosa prueba. Como grupo, otra vez nos invadió la sensación de no haber logrado lo que tanto habíamos anhelado; sin embargo, el día de la fiesta de promoción, cuando por última vez estuvimos en una actividad extracurricular todos juntos, el subdirector dijo la frase que, durante toda mi vida, he recordado por ser la última victoria lograda entre todos: "y, en esta evaluación, logran el primer puesto a nivel de todo el sistema educativo de Centromín Perú, repitiendo lo alcanzando tres años antes". La Drôle de guerre de mi vida académica tocaba a su fin.

martes, 12 de mayo de 2009

Días de recitación

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
(Los motivos del lobo - Rubén Darío)

Un micrófono, un equipo de grabación, un libro y una voz, la que había ganado concursos de declamación, todas estaban ahí y yo observaba. Debía tener unos cuatro o cinco años, aunque me inclino a creer que eran unos cinco, porque eran los días en los que, por una infección a la garganta tuve que recibir diez inyecciones (dos por día). Recuerdo esa tarde, como también recuerdo ese casette; recuerdo al "sapito glo glo glo", pero también recuerdo "Los motivos del lobo". Era una tarde soleada, del tiempo aquel en que Marcavalle no era lo que es hoy en día, sino que era un sitio un poco más tranquilo y ordenado.

Hacia mucho que yo sabía utilizar ese equipo, pero también observaba con respeto cuando mi papá hacía grabaciones ahí. Gracias a ese equipo pude escuchar, durante mi infancia, música y cuentos para niños que provenían de distintos LP's proporcionados por papá Apolonio o mi tío Agustín. Un recuerdo muy vago de cuando tenía tres años me lleva a un cuarto en la casa de mis abuelos en el sector de Huampaní; ahí, rodeado de una cama de metal, una biblioteca, un escritorio (cuyos cajones estaban llenos de LP's), un escarabajo de juguete (cuya cubierta había sido extraída por un travieso Geraldo de 2 años en promedio), un rompecabezas de cubos, una radio que captaba AM y MW, ahí, en medio de todo eso, me subí a una banca y coloqué el disco con la aguja puesta en el inicio de la música de Topo Gigio. Dos años después, veía el mismo equipo y escuchaba la voz de mi papá al leer esa poesía de la que no imaginaba que iba a ser una especie de hito en mi niñez.

Tres años después, tenía una hermana de tres años y estaba viviendo en otro departamento de Marcavalle; estaba en el colegio "José Andrés Rázuri" y en el salón estaban seleccionando al que iba a representar al 3ro de primaria en el concurso interno de declamación. No todos habíamos aprendido poesías hasta donde recuerdo, algo que no gustó mucho a la profesora Chabuca; éramos pocos, pero éramos y recitamos. El concurso del salón estuvo algo reñido. Recuerdo que al final quedamos tres y, por primera vez en mi vida, recurrimos a la democracia para decidir al representante. Habíamos recitado por segunda vez, lo que permitió que la gente escogiera con más criterio y sabiendo por quién estaba votando. Los votos, para no herir susceptibilidades, fueron secretos. Sentía miedo y temor; quería ser el representante; me había esforzado en aprender la primera parte de "Los motivos del lobo" y, bajo las atentas indicaciones del que había ganado varios concursos, había mejorado la mímica y la expresión en general. Tanto era mi afán que voté por mí mismo; pensaba que lo podía hacer bien, aunque también pesaba el hecho de que no era bueno en fútbol; no había podido bailar "Los Avelinos", porque no hice bien un paso y sentía que debía hacer ganar al salón en algo.

Cuando la profesora dio los resultados, no podía creerlo del todo. Había ganado, por mayoría, la representación del salón. Estaba contento, pero comenzaba un nuevo temor; la declamación ante toda la primaria. Si bien el concurso era entre los tres primeros grados (cuarto, quinto y sexto competían en otro nivel), igual iba a recitar al frente de todos y algún temor sentía. Creo que el mismo día tenía que declamar en frente de todos y, cuando pasamos a la formación, la angustia fue aumentando; repasaba en la memoria los versos mientras el niño de primero decía su poesía y lo mismo cuando salió el niño de segundo (por coincidencias de la vida, era el hermano de una compañera del salón que, andando los años, me encontré en la universidad). Al fin, me llamaron. El jurado, que estaba conformado por tres personas esperaba, y haciendo de tripas corazón subí al escenario. Era la primera vez que estaba ante a un público; de reojo, pude ver los rostros de ánimo de mis compañeros. Respiré hondo y comencé. Ya no vi a nadie; las palabras fluyeron y no hice mucho esfuerzo para ir recordando los versos. Viví las palabras de San Francisco y me sentí pacifista de algún modo. De pronto, había terminado; agradecí y bajé; sabía que lo había hecho bien; no sabía si lo suficiente como para ganar, pero sabía que lo había hecho bien. Volví a la formación; me tocaba esperar que recitaran los de los grados superiores. Aún recuerdo la fascinante voz de Denisse; ya no recuerdo el apellido, pero sí me acuerdo del nombre; mi instinto me dijo que ella iba a ganar en ese nivel y que, tal vez, a ella hubiera sido difícil ganarle.

De pronto, terminaron todos y solo restaba escuchar el resultado. Se anunciaba el segundo puesto y el primero. Nunca había estado tan nervioso; nunca había esperado tanto algo; el segundo puesto no era yo. ¿Sería posible? Algunos de mis compañeros me miraron emocionados; ¿lo habría logrado? Escuché mi nombre; mi salón vitoreó y yo no salía de mi estupor: era el primer puesto de los tres primeros grados; tal vez, con los años, resulta una victoria pequeña, pero, para un niño era una gran victoria. Además, mi intuición no se equivocó: en el otro nivel, ganó la que pensaba que iba a ganar. Nos ordenaron regresar al salón, pero ya no habían más clases y mis compañeros, felices por mí y por el salón, me alzaron en hombros, Los mayores se rieron bastante con aquella escena y, a la vez, es una escena que jamás se me borrará de la memoria. No estaba lejos el día del aniversario del colegio y recitábamos los ganadores. Fue la única vez que declamé en el auditorio del Club Peruano. Estaba más nervioso todavía, porque aquella vez declamé ante todos los alumnos del colegio, los profesores y los padres en un recinto que probablemente estaba lleno como cuando vi a mis compañeros bailar "Los Avelinos".

Sin embargo, dos años después (ya en otra escuela, pero con los mismos compañeros de aquel salón), no estaba contento del todo; quería recitar el poema completo alguna vez, pues solo había ganado con un fragmento de él. La ocasión se presentó el día del maestro; se lo dediqué a la profesora Canchaya; sabía que iba a sorprender a varios de mis compañeros que no habían leído el poema completo y que, probablemente, pensaban que iba a repetir el plato. Comencé y llegué hasta la parte donde había terminado la primera vez. Mis amigos esperaban un "gracias", pero sonreí y continué. Cada uno de los versos que siguieron los viví con nerviosismo. Sabía que no podía y no debía olvidarme; era una especie de reto para mí mismo. Cuando llegué al "Padre Nuestro que estás en los cielos ...", respiré aliviado y recibí los cariñosos aplausos de los padres y de los amigos con los que no iba a pasar mucho tiempo después de eso (solo año y medio le quedaba a esa especie de paraíso).

El tema principal de este post se aborda recién en este párrafo. Ese año la U.S.E. en un estertor de su funcionamiento, pues se desactivaría el año 1997, organizó un concurso de declamación por niveles en todos los campamentos en los que estaba presente la empresa "Centromín Perú". el motivo era el "Día de la Madre". Igual que la vez anterior hubo un concurso en el salón y salí elgido como representante. El principal problema era el concurso a nivel de los cuatro salones de sexto. Los otros representante también recitaban muy bien. Mi mayor temor era el chico de 6to "B". Cuando llegó el día, recité "El brindis del bohemio" (la parte final). Recité bastante nervioso ese día y no se me escuchó bien; quedé segundo lugar entre los cuatro; era suficiente para la clasificación, pues pasaban los dos primeros para competir con los dos primeros de quinto. El concurso era al día siguiente en la mañana. Mi horario de estudios era en la tarde. Practiqué un poco con mi papá ese día. Esperé con cierto temor el día siguiente. Llegó el momento y la música de acompañamiento no funcionó bien, lo que desconcentró. Para esto, el chico de quinto que me había antecedido había recitado excelentemente. Alexander Camayo se llama y no lo he vuelto a ver desde hace años, pero le debe ir bastante bien, porque era un chico muy inteligente. Estuve tenso y me faltó algo de soltura. Terminé y escuché un comentario de una profesora "los dos de sexto declamana muy bien", pero algo me decía que, tal vez, no había hecho lo suficiente. Sin las miradas de mis compañeros, tal vez, no me sentí tan confiado.

Mi papá escuchó cuando declamé y fuimos a descansar al carro. Comenzaron a dar los resultados y tenía una ligera esperanza. Llegaron, por fin, al último nivel; tal vez, la intuición o la experiencia de los concursos ganados hicieron que mi papá me dijera que estuviera tranquilo y que ya había llegado hasta ahí. salí del carro, cuando llegaron a mi nivel. Hasta donde recuerdo, no había escuchado mi nombre en el cuarto y el tercer puesto; y, de pronto, oí mi nombre en el segundo puesto (aunque puede ser que me equivoque), pero, al menos, eso creí escuchar. Un rayo hubiera sido menos doloroso; mi papá me abrazó. No lloré, pero, tal vez, porque no podía, pero estaba triste. Mi papá me animaba y me animé probablemente, porque, en la tarde, conté, con cierta tranquilidad, que no había ganado.

Alexander Camayo representó a la escuela primero a nivel de La Oroya en un concurso que no sé exactamente dónde se realizó. Me alegré de que le fuera bien; luego, representó a La Oroya frente a otros campamentos. Ese concurso era televisado por TV7 de La Oroya. Ahí, pude ver el concurso y hasta donde recuerdo Alexander ganó, lo cual fue una alegría para la escuela y para nosotros, pues era alguien de la escuela.

Años después, recitaría en el colegio "José Carlos Mariátegui"; por nervios, en dos ocasiones, me olvidé de la poesía. Recité en otras dos ocasiones en las que me fue bien. En el Salesiano, recité tres veces poemas a la Vírgen María y, en las tres, me olvidé el poema original. Sin embargo, gracias a una iluminación divina, pude improvisar versos en esas ocasiones que me valieron felicitaciones de profesores y compañeros; los textos que recitaba no eran tan conocidos; por lo tanto, todo eso pasó como si lo supiera de memoria. En esos años, dejaría la declamación por el canto, tema que será abordado en otra ocasión.

Volviendo al tema de los concursos; si bien ese año no viví una victoria individual en las declamaciones, viviría la más bacán victoria que puede haber: la grupal. El salón repitió el primer puesto que había logrado tres años atrás de manera conjunta en una evaluación de corte académico: el examen de la U.S.E., el cual será descrito en el siguiente post.

martes, 17 de marzo de 2009

Madrugadas de La Oroya a Huancayo

"Gerald, hijo, despierta; ya son las 3:30 y a partir de las 4:00 comienzan a pasar los carros". "Sí ma" o "sí pa" eran las respuestas que solía dar. Después de eso, debía levantarme, a pesar del frío o la hora, para tomar el bus que pasara en la ruta Lima-Huancayo. Entiendo que ustedes se dirán, con toda razón: "¿Y a santo de qué ese pequeño diálogo?" No desespereís que acá va la respuesta.

Estas palabras pertenecen a una madrugada de lunes cualquiera del año 2000. Aquel año la privatización y la conversión de educación fiscalizada en educación pública me habían llevado a mi último destino como estudiante escolar: el colegio Salesiano "Santa Rosa". Mi paso por la educación pública había sido bueno: académicamente había destacado; no obstante, mis padres no estaban conformes con lo que, ya en el Salesiano, conocería con el nombre de "formación integral". Ese sería el objetivo de mi traslado. La reflexión y conciencia que adquirí en este colegio, probablemente se debió tanto a la formación en este centro educativo como al alejamiento de mi familia (no es lo mismo estar a los 15 años con tus padres y hermanos, que extrañarlos todos los días con un hecho tan trivial como el almuerzo). Esa es la forma mas no el fondo de este post, pues, sobre todo, quiero hablar de las formas de viaje de La Oroya a Huancayo a través de la anécdota.

Una vez abrigado, salía y caminaba como unos 150 metros hasta donde tenía que tomar el carro. El paradero se llamaba Grifo Marcavalle o Marcavalle (así lo conocen hasta hoy los transportistas que transitan por ahí y tienen que bajar pasajeros en plena ruta hacia la selva o alguna ciudad serrana de más allá, porque ese es el nombre del sector donde vivía). Ahí, las opciones de que buses como "Ormeño" o "Cruz del Sur" pararan era nula o casi improbable, lo cual habla muy bien de su política empresarial de no incomodar al pasajero, pero también de su nula u obcecada (por ser amables con ellos) visión empresarial. Digo esto porque las demás empresas que, en ese tiempo, podían cobrar 8 soles para ir de Huancayo hacia Lima cuando llegaban a La Oroya aumentaban el precio a 10 0 12 soles y la gente igual subía. Es decir, muchos en La Oroya gustan de la comodidad y el confort, y, si se trata de tener un buen servicio, pagarían la suma adecuada para tenerlo (implicando con eso que podrían haber tenido una agencia ahí, pero, bueno, para que se den cuenta de esto empresas que solo viven de la capital, como muchas veces sucede, tendría que ocurrir un milagro inesperado. En fin, seguiré con mi relato.

Entonces, evidentemente, las empresas que me llevaban eran otras (Salazar, Etucsa, Carmelitas, etc. en un arranque de piedad o de querer ganar alguito podían llevarlo a uno). Dependía mucho de si hubiera asientos o de si el carro se veía seguro; casi siempre me acompañaba al paradero mi papá o mi mamá, valientes ellos por acompañarme con todo el frío que hacía. Ahora, antes de seguir, quiero aclarar que no era la única forma de llegar a Huancayo. Entonces, ¿por qué escogía esa?

La primera opción que tenía era salir con los autos que cobraban 15 soles y salían a a partir de las 5 de la mañana. Esta opción ya la había escogido al principio del año y tenía los siguientes inconvenientes: tenía que salir con el uniforme puesto (porque llegaba a Huancayo a tomar el carro que me llevaba al colegio), tenía que llevar todo mi equipaje al colegio, podía llegar tarde (porque los autos salían recién al llenarse y, por ejemplo, una vez llegué 8:30 a.m. porque el carro no se llenó hasta 6:20 a.m.), había conductores amables y conductores malcriados (con lo que quiero decir que algunos te alcanzaban frezadas para que uno se abrigue y otros abrían la ventana como si de la costa se tratara y no les importaba el frío que hacía), no tomaba desayuno, me tensaba demasiado con lo de la tardanza, etc.

La segunda opción consistía en viajar el día anterior para lo cual podía tomar los carros "América". Estos carros pertenecían y pertenecen a una empresa que se caracterizaba por hacer en cuatro horas lo que los autos hacían en 2 horas o 2 horas y media, porque ellos sí se detenían a cada rato (la gente de los pueblos de la ruta, mayormente, no tiene cómo desplazarse, así que eso resulta entendible y no estoy criticando del todo eso). Esta empresa solo realizaba viajes de día, nunca de noche; el primer carro estaba disponible a partir de las 6:00 a.m., pero, hasta que se llenara, podía pasar una hora y media, con lo cual quedaba descartado viajar la madrugada de lunes. Pero, un momento, "¿y por qué no viajabas domingo?" me estarán preguntando en sus cabezas. El primer inconveniente era que yo tenía que hacer constar mi asistencia a misa, es decir, hacer firmar mi cartilla (para el colegio), y me gustaba ir a la misa de las 6:00 p.m. de los domingos en Marcavalle. La segunda razón es que para mí era muy difícil irme en domingo, porque los fines de semana eran los únicos momentos que podía estar con mi familia y con las personas de la ciudad que conocía. Huancayo era un mundo nuevo y todavía inexplorado en ese año. Resultaba difícil no estar tentado a quedarse lo más posible, hasta que la última oportunidad quedara desgastada y no me quedara más remedio que irme otra semana.

Por lo tanto, por todo eso, subía a los carros que pasaban de Lima hacia Huancayo. Llegaba alrededor de las 6:00 a.m., con tiempo para dormir un poco tal vez y tomar algo de desayuno, alistarme tranquilo y salir hacia el colegio. Cada una de las madrugadas en las que subí a esos buses pensé en distintas cosas. Una vez me hicieron subir al pasillo que comunica la cabina del chofer y las escaleras (ese día estaba con mi tía, que viajaba por otra razón) y me puse a pensar a todos los que viajan encerrados y sentía que era una lástima no poder observar nada de los paisajes que recorres). Otro día viajé en las escaleras de la cabina y, a pesar de que tenía que moverme a cada rato, conforme subían o bajaban las personas, me gustó poder observar de manera tan panorámica los lugares por los que pasábamos. Las demás veces subí a distintos asientos dentro del bus, siempre dedicaba un rato de mis pensamientos a mi familia, a cómo me dolía dejarlos semana a semana para ir a estudiar a otra ciudad pensando que tal vez un solo error del conductor podía privarme de ellos, aunque siempre confiaba en lo que me decían en el colegio: "Todo aquel que llega a una casa salesiana, llega de la mano de María Auxiliadora". Y yo lo creía y hasta el día de hoy lo creo. En otras ocasiones, pensaba en mis amigos tanto de La Oroya como de Huancayo; a veces, iba escuchando mi walkman y también pensaba en la chica que me gustaba por aquel entonces.

No todo eran pensamientos; algunas veces tuve que leer libros para controles de lectura ("La palabra del mudo" fue uno de ellos) o mis cuadernos para los exámenes. Me ayudaba de una linterna que tenían mis papás y que, en un viaje de campo de lingüistas, se terminó de malograr. Casi siempre, los buses entraban a Jauja y ahí subían a vender panes y otros bocados hechos de harina. No compré muchas veces esos productos, pero, de vez en cuando, me antojaba y compraba. A partir de ese lugar, volvía a dormir, pero cada vez más tenso porque ya íbamos a llegar y tenía que estar atento para no pasarme del paradero donde tenía que bajar. De lo contrario, iba a tener que tomar taxi. Nunca me pasé por quedarme dormido.

El regreso podía ser en auto o en bus, pues ya no había apuro. Al principio, era los viernes a las 2:00 p.m., apenas salía del colegio. Luego de la primera mitad del año, tenía que volver los sábados, porque comencé a estudiar inglés en el ICPNA de Huancayo. Estos ya son otros temas y el viaje ya quedó relatado.

domingo, 1 de marzo de 2009

Y, ¿por qué no ser sacerdote?


Hacia 1995, había cambiado de escuela y estaba por descubrir un mundo completamente distinto de desestructuración de lo que había conocido como educación fiscalizada regentada por la empresa Centromín Perú, pero ese es otro cantar que, probablemente, será abordado en otro post. Vuelvo al tema inicial; este año comenzaría mi lectura de un libro que contenía relatos sobre San Francisco de Asís. Estas narraciones se llaman "Florecillas de San Francisco" y resultaban bastante entretenidas e instructivas.

Un día en el que vagaba por mi nueva escuela a la hora del recreo, dos compañeros del salón (quienes se llamaban John y Zila) me hablaron sobre asistir a un grupo de lectura donde había otros niños. El grupo se llamaba NINFRA. Me imagino que ustedes se preguntarán: "¿Y qué es eso?" Pues, bien, significa "niños franciscanos". Yo encantado acepté, porque eran días en los que me sentía llamado a ser alguien importante dentro de la Iglesia Católica y por otra razón más de fondo: mis papás habían pertenecido a la Orden Franciscana Seglar (la famosa 3ra orden franciscana); para los neófitos en estos temas, la orden de tipo laico y no religioso. Recuerdo con claridad los días en los que a mis 3 o 4 años había ido con mis papás todos los viernes a esa especie de pequeña casita ubicada en el tercer piso de las oficinas pastorales de lo que, hoy en día, es el templo Inmaculada Concepción de La Oroya Antigua. Si no me equivoco, tenía dos ambientes principales, un pequeño baño y un patio-balcón. Las reuniones se realizaban en el primer ambiente en el cual había una estatua de San Francisco y una pizarra con la cual se realizaban algunas explicaciones. Además, había una mesa casi pegada a la pared en la que estaba la pizarra y alrededor de ella estaban colocadas bancas alargadas de madera como las que uno puede encontrar en los puestos de comida de las esquinas. Mis memorias solo almacenan los rezos y los rostros de algunas de las personas que iban a las reuniones: el señor Esteban, el señor Carlos Romero, la señora Celina, la señorita Panchita, etc. Lo mejor, como es cuando uno es niño, era al final, porque en esa calle que se llama la "calle Tarma" había una pollería que tuvo éxito durante un tiempo y a la cual me gustaba mucho ir: la pollería "El Cortijo" (pero bien que me desvío y no ataco el punto principal).

Para el año 1995, yo ya tenía 10 años y bastante tiempo había pasado desde aquellas reuniones. Decidí ir ya como integrante del grupo de niños. La dinámica no era muy distinta a lo que recordaba que pasaba con los mayores. Leíamos un texto y reflexionábamos sobre este; era sobre la vida de San Francisco y también leíamos la Biblia. Como era de esperarse, también rezábamos. Fueron pocas reuniones, porque, por una "chiquillada", el grupo se fragmentó; bueno, era entendible, pues aún éramos niños. Sin embargo, este tiempo fue suficiente para que conocieran de mi existencia los de JUFRA, que era la "juventud franciscana", un grupo intermedio entre NINFRA y la Orden Seglar. No recuerdo cómo llegaron a saber que yo sabía bastante de la vida del santo que nos había reunido a todos ahí; el caso es que lo supieron y fui invitado a una especie de reunión-concurso de las distintas JUFRAs del valle del Mantaro. Dicho encuentro se realizó en Ocopa y yo fui por dos motivos: recitar "Los motivos del lobo" de Rubén Darío en una de las presentaciones (objetivo que no se cumplió) y participar en el concurso sobre la vida de San Francisco (este objetivo sí se cumplió).

Estuvimos varios días en Ocopa; de esa estadía, saldría lo que para todos fue mi primera declaración amorosa, aunque lo único que hice yo fue decirle a la chica cómo se le declararía un chico, pero nadie me creyó; en fin, allá ellos por creer que me iba a declarar a una chica que hasta donde recuerdo me llevaba cuatro o cinco años; hace unos días me enteré que se dedica a la Optometría y que le va muy bien con eso; pero, bueno, otra vez me desvío y ustedes disculparán por tanta ramificación. En el penúltimo día, en la noche, se realizó el dichoso concurso. Mi ingenuidad me había hecho creer al principio que íbamos a dar un examen o algo así; mi desengaño hizo que me diera cuenta de que este concurso de conocimientos iba a ser muy parecido a los concursos de lecturas literarias de la USE Centromín Perú (de los cuales trataré en otro post). Es decir, nos colocaron a los dos representantes de cada JUFRA en una mesa y todas las mesas formaban un semicírculo; al centro, estaban los padres franciscanos quienes eran los que actuaban de jurados (no recuerdo cómo nos tocaban las preguntas; tampoco me exijan tanto pues). Al frente, estaba el público en el que estaban todos los que habían venido de las distintas JUFRAS y las chicas de Saño (que también eran de una JUFRA y hasta donde recuerdo eran simpáticas). Obviamente, yo era el menor de todos: un chibolo de 10 años compitiendo con gente de 14 hasta 25 años. Evidentemente, no me esperaba toda esa parafernalia y ese roche (porque de alguna manera lo era, debía extrañar a la gente que un chibolo como yo estuviese metido ahí). Las cosas resultaron más o menos; quedamos terceros entre 6 o 7 JUFRAs, algo que no estaba del todo mal, pero que tampoco estaba del todo bien.

Esa competencia y el tiempo que pude ver a los frailes y sacerdotes me hicieron pensar en la vocación sacerdotal, aunque más quería ser fraile que sacerdote (cuestiones técnicas del argot católico). Durante algún tiempo, la idea anduvo rondando por mi cabeza hasta que me gustó una chica y la idea se fue al tacho, pero eso solo sucedería casi un año y medio después. Me había llamado la atención la forma de vida de los franciscanos; muchos años después también me llamaría la atención el carisma de los salesianos (aunque nunca se lo dije a ninguno de mis compañeros del colegio Salesiano, porque no sentía que era una vocación tan fuerte); más adelante, volvería a pensar en el asunto cuando ya comenzaba en Lingüística y me comenzaba a interesar el lineamiento humanista de los jesuitas; hace poco la idea volvió aunque no he evaluado todavía con cuánta fuerza. Sin embargo, todo eso ya es agua de otro molino, pues solo me quería referir a lo de los franciscanos.

Dicho sea de paso, el local al que aludí les ha sido quitado a los integrantes de la orden por el párroco de turno, para uso de la parroquia; sin embargo, son años y años en los que la tercera orden franciscana ha estado ahí; esperemos que lo puedan volver a usar.

jueves, 26 de febrero de 2009

Érase una vez una mochila de auto, una lonchera de Alf y, luego, una de Snoopy

Varios años han pasado desde que la escuela que más quise de toda mi etapa escolar tuvo que cerrar; sin embargo, una nostalgia aún me invade cada vez que me dirijo hacia Tarma o Paccha y veo en lo que se ha convertido.

El año 1991 hice "vacaciones útiles" en un colegio de La Oroya (lugar donde nací) que se llama Mayupampa (ahí estudiaban y todavía estudian los hijos de los ingenieros que trabajaban en la empresa Centromín o lo que es ahora la empresa Doe Run). Recuerdo que no me gustaba la clase de karate, lo cual, tal vez, es una muestra de la persona pacífica que soy hasta el día de hoy. Un día, por una feliz coincidencia, me llevaron a otra escuela a tomar clases por un día y yo muy contento fui, porque coincidía con el día que tenía karate. Lo que me pareció extraño es que a esa escuela habíamos ido un montón de niños y nos estaban haciendo esperar. Bueno, por alguna extraña razón, mis papás me sacaron antes de entrar a algún salón, pero en la tarde volvimos, lo cual me pareció más extraño todavía. Al final, después de deambular por esa escuela y de haber visto a mis padres preguntar no se qué, me llevaron a esperar junto a unos niños en la puerta de un salón; recuerdo que leyeron una lista y me nombraban ahí; vi salir a otros niños y me indicaron que entrara. Recuerdo que el salón estaba a media luz (de repente mis recuerdos fallan, pero eso es lo que recuerdo). Me señalaron una carpeta donde debía sentarme y donde debía esperar. Al rato, vino una persona que me hizo hacer unos "ejercicios" que a mi me parecieron de lo más naturales y sencillos, porque eran parecidos a los que había hecho en el jardín y en algunos libros de aprestamiento que tenía en la casa. Cuando terminé, me dijeron que podía salir. Mi recuerdo solo llega hasta al momento en que les dije a mis papás que habían sido sencillos los ejercicios. Tal vez, me sorprendí de que todo acabara tan rápido y de que no haya un profesor que nos enseñara algo.


Vista del colegio 31750 J.A.Rázuri cuando todavía funcionaba ahí el colegio "Mayupampa"

La siguiente parte de la historia me la contó posteriormente mi mamá; creo que me la contó unos cuatro o cinco años después. A los tres días, una amiga que trabajaba en el IPPS le avisó que yo estaba en la lista de ingresantes al 'Rázuri'. Sí, aquello había sido una prueba de ingreso y yo me enteré mucho tiempo después. Empezaba mi vida en el Colegio Fiscalizado Nro. 31750 "José Andrés Rázuri". No recuerdo mucho el primer grado; solo tengo vagos recuerdos de que me enfrentaba a un niño bravucón que creo se llamaba Roberto. Obviamente, yo llevaba las de perder porque nunca me había peleado y no tenía fuerza. Recuerdo también que el brigadier, que fue mi compañero años más tarde en otra escuela y en otro colegio, tenía una regla con la que golpeaba al que se movía. Sin embargo, no todos son recuerdos de ese tipo. También me acuerdo que el profesor Alfredo Miranda era muy paciente. Ese año aprendí por fin a leer; aunque ya sabía varias de las letras del alfabeto, no sabía cómo conectarlas hasta ese año. También recuerdo una conversación con una niña llamada Diana (ese fue el único año que fue mi compañera y, con el tiempo, me encontré con ella en la universidad); en dicha conversación, ella me decía que yo si a mi me gustaba podía ser escribidor, que si me gustaba pintar podía ser pintor, que si me gustaba cantar podía ser cantor; gracias a mi papá he podido más o menos acordarme de eso, porque dio la casualidad que ese día me vino a buscar y la escuchó diciéndome eso en el camino que llevaba de la escuela al edificio Sesquicentenario.

Estuve en esa escuela tres años más; no recuerdo cuándo exactamente llegó la mochila de auto; lo que sí me queda claro es que en el paso de primero a segundo cambié mi lonchera de Alf por una lonchera que no tenía figuras y a la que le puse stickers de Snoopy, porque alguien me los regaló. En dicha temporada también me mudé de Marcavalle a Sudete, lo cual implicaba un cambio de bus escolar. No tomábamos el bus porque éramos unos burgueses a los que no les gustaba ir en micro, sino porque nuestra escuela quedaba lejos y no había forma de acceder, sino con carros particulares que nos llevarán hasta Amachay, que es la zona donde estaba ubicada mi escuela. Cuando me mude a Sudete, los de la fila del bus (nos colocábamos en una fila por grados para esperar el bus) me decían que yo era el estudiante motorizado y hacían sonidos como de motor cuando me veían con la mochila de auto; no sé dónde estará; sin embargo, me hubiera gustado tomarle una foto para colgarla en este post.

Cuando estaba en cuarto grado, ya no usaba lonchera desde tercero y me había mudado otra vez a Marcavalle; no imaginaba que iba a ser el último año que iba a estar en esa escuela-colegio (por las mañanas era escuela: primaria; por las tardes, colegio: secundaria). Era el segundo año que me enseñaba la profesora Isabel Antúnez de Mayolo a quien de cariño llamábamos profesora Chabuca; ella era la esposa del ingeniero Carrascal que llegó a ser gerente central de operaciones de Centromín Perú; una vez me llevó a la entrada de su casa para entregarme un recado para mi papá que fue presidente de la mesa directiva de padres cuando estuve en 3ro y me quedé sorprendido del auto en que me llevó y de la casa donde vivía. Ella nos enseñó quién era Javier Pérez de Cuéllar y, por primera vez (pocas veces sucedió eso en toda mi vida escolar), escuché a alguien criticar a Fujimori, lo cual me pareció bien porque llevaba ya dos años discutiendo con mis compañeros sobre la manera de gobernar de Fujimori; en esos tiempos, era uno de los pocos que estaba contra su gobierno (ya de chibolo metiéndome en esa ensalada llamada política). Ella fue la primera profesora que me preguntó que libro leía mientras los demás jugaban (era 'Mi planta de naranja-lima'). Con ella, leímos 'El principito' completo en los últimos días de aquel cuarto grado. Ya lo había leído, pero, por alguna razón, disfruté mucho leerlo en esos días junto con mis compañeros; es posible que en esos últimos días sintiera como una premonición de lo que iba a suceder. Fueron días tristes; sabíamos que la profesora se iba de La Oroya. Le hicimos una despedida en la que, por lo mucho que me conocía, me recordó que debía comer todas las verduras y bailamos una danza, pero sin disfraces.

En el verano de 1995, por el proceso de privatización de Centromín Perú, proceso generado por el ya dictador de entonces (recuérdese que el 5 de abril fue en 1992), me enteré que la USE de Centromín había decidido cerrar mi escuela-colegio y que todos íbamos a pasar a la Escuela Fiscalizada Nro. 31789 "Miguel Grau" y ahí comenzó el principio del fin, lo que había sido una especie de "primavera de Praga" de mi vida escolar estaba tocando a su fin.